La noche del 17 de julio de 2026, desde Manizales, tuve el privilegio de contemplar uno de esos cielos que invitan a detener el tiempo. Mirando hacia el sur, la Cruz del Sur (Crux) se destacaba con la elegancia que la ha convertido durante siglos en un referente para navegantes y observadores del hemisferio austral. A su lado brillaban con fuerza Alpha Centauri (Rigil Kentaurus) y Beta Centauri (Hadar), conocidas como las estrellas puntero porque señalan la dirección de la Cruz. En esta época del año, durante las primeras horas de la noche, la geometría del cielo favorece una excelente observación de este conjunto desde Colombia: la Cruz alcanza una posición que permite apreciarla con claridad sobre el horizonte sur, acompañada por el intenso brillo de sus dos fieles compañeras, ofreciendo un espectáculo que difícilmente pasa desapercibido para quien levanta la vista con curiosidad.
Cada vez que observo la Cruz del Sur no veo únicamente un grupo de estrellas; también vuelven a mi memoria recuerdos profundamente significativos. Su silueta me transporta inevitablemente a 1989, cuando participé en la Escuela de Líderes en Cachipay, Cundinamarca, una experiencia que marcó una etapa muy especial de mi vida. Contemplar nuevamente esta constelacion, tantos años después, despierta emociones que permanecían intactas: las conversaciones bajo el cielo nocturno, los sueños compartidos y la sensación de que el universo siempre ofrece una perspectiva más amplia para comprender nuestro propio camino. Quizá por eso, en esta epoca el año espero con ilusión estas noches despejadas, porque sé que, junto al brillo de Alpha Centauri y Beta Centauri, la Cruz del Sur no solo ilumina el firmamento, sino también una parte muy valiosa de mi propia historia.




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